1.-
En el período que media entre 1998, fecha del
anterior Examen del CAD y la actualidad, la cooperación
española vivió dos etapas diferenciadas.
Pese a la continuidad en el color político del
gobierno, las Elecciones Generales de 2000 marcaron
una abrupta ruptura en la orientación, propósitos
y estilo de trabajo de las autoridades responsables
de la cooperación gubernamental española.
En un primer momento, y hasta el año 2000, se
produce un intento de reforma de la Cooperación
Española que, de alguna manera, trata de tener
en cuenta las recomendaciones realizadas por el CAD
en el primer Examen de 1994. Sin embargo, tras las Elecciones
de 2000, se produce un cambio brusco en la orientación
de la política de ayuda: se quiebra el diálogo
con los actores sociales, se da marcha atrás
a alguno de los procesos reformadores en curso y se
defiende un modelo de cooperación manifiestamente
alejado de los principios y recomendaciones que emanan
del CAD. En el nuevo modelo que se quiere imponer, el
interés nacional del donante -sea comercial,
sea político, sea cultural- se sobrepone a las
necesidades del receptor, la lucha contra la pobreza
pierde peso como propósito último de la
ayuda, se abandona el objetivo de mejorar los niveles
de gestión del sistema y se abren nuevos espacios
a las decisiones discrecionales, alejadas de todo criterio
técnico.
2.-
El balance que cabe realizar acerca del breve período
que media entre el año 1998 y el final de la
legislatura pasada es relativamente aceptable en lo
que se refiere al nuevo ordenamiento legal y el diálogo
con los agentes sociales; no así en la práctica
de la cooperación al desarrollo, en la que no
hay cambios relevantes respecto a la etapa anterior.
Cabe destacar entre los componentes más positivos
de este período los siguientes elementos:
· En primer lugar, se logró aprobar una
Ley de Cooperación Internacional para el Desarrollo
LCID 23/1998, considerada por el conjunto de los actores
sociales como un paso adelante que abría la posibilidad
de mejorar sustancialmente la calidad de la ayuda. Una
Ley aprobada con amplio respaldo en el Parlamento y
que consagra un modelo de cooperación en lo esencial
acorde con lo que conforma el consenso internacional
en esta materia. Hay aspectos que no quedan adecuadamente
tratados en la Ley, ya sea en el ámbito doctrinal,
ya en el referido al sistema de gestión de la
ayuda, pero en conjunto se considera un buen texto legal,
que permitía avanzar en los niveles de calidad
de la ayuda.
· En segundo lugar, se avanzó en la elaboración
de un borrador de Plan Director, acorde con los principios
emanados del CAD, que fue consensuado con los actores
sociales y aprobado por unanimidad en el Consejo de
Cooperación para el Desarrollo. Este Plan quedó,
sin embargo, a las puertas del Consejo de Ministros,
como consecuencia de las discrepancias que sobre algunos
aspectos mantenían los Ministerios de Economía
y Hacienda y el de Asuntos Exteriores. Conviene señalar
que el Plan Director aludido, respondiendo a las recomendaciones
del anterior Examen del CAD, se proponía integrar
en una lógica de acción común,
bajo criterios de desarrollo, al conjunto de los instrumentos
de la ayuda, con independencia del ámbito en
el que recayesen las competencias respecto a su gestión
(incluidos, por tanto, los créditos FAD o las
acciones de alivio de la deuda externa).
· En tercer lugar, se elaboró una Metodología
para la Evaluación de la cooperación española,
anteriormente inexistente, que respondía a los
criterios propios de formulación del Enfoque
del Marco Lógico. Además, se pusieron
en marcha los primeros ejercicios de evaluación
sobre instrumentos de la ayuda, iniciando una experiencia
inédita por parte de la ayuda española.
Pese a lo positivo de esta iniciativa, conviene señalar
que no se pusieron en marcha los mecanismos necesarios
para garantizar que los resultados de los ejercicios
de evaluación pasasen a informar cambios efectivos
en las rutinas de gestión de la ayuda.
· Finalmente se procedió al desarrollo
reglamentario de la LCID en cuanto a la conformación
del Consejo de Cooperación y de la Comisión
Interterritorial, dos instancias de consulta y coordinación
del sistema de ayuda.
3.-
No obstante los logros señalados, diversos aspectos
quedaron sin adecuada respuesta durante el período
al que se está aludiendo. Entre estos factores,
cabe mencionar los siguientes:
· En primer lugar, no se acometió la reforma
de la Agencia Española de Cooperación
Internacional, no obstante ser considerada ésta
como una condición para reforzar los contenidos
estratégicos y los niveles de calidad de la política
española de ayuda al desarrollo.
· En segundo lugar, no se avanzó en la
reglamentación de reformas previstas en la Ley,
como la que se refiere a la regulación de nuevos
instrumentos de la ayuda (como los Fondos de Apoyo a
Microcréditos), a los nuevos modos de gestión
de instrumentos ya existentes (como los créditos
FAD de contenido social) o a tareas que se venían
demandando desde hace tiempo (como el Estatuto del Cooperante).
· En fin, estos positivos cambios legales no
tuvieron consecuencias prácticas relevantes y
la política de AOD mantuvo los defectos tradicionales,
incluyendo los que habían sido destacados expresamente
en el Examen del CAD de 1998.
4.-
A partir de las Elecciones Generales de 2000, se produce
un cambio notable en la orientación de la política
de ayuda. Se abandonan los propósitos que inspiraban
la reforma en la legislatura previa, se revierte alguna
de las iniciativas de reforma en curso, se abandona
la sujeción de la política española
a los principios emanados del CAD, se altera la composición
de las instancias de participación previstas
en la Ley y se quiebra el dialogo con los actores sociales.
Son cambios de suficiente entidad como para motivar
una movilización de más de 200 personas
y de 100 organizaciones comprometidas con la ayuda,
que suscribieron un Manifiesto titulado Ante la contra-reforma
en el sistema de ayuda: por una política de cooperación
efectivamente orientada a combatir la pobreza. Entre
los hechos que revelan la naturaleza de esta regresión,
cabe destacar los siguientes aspectos:
· En primer lugar, se abandona el borrador de
Plan Director consensuado en la legislatura anterior
y se sustituye por un nuevo documento, notablemente
alejado en sus principios, fundamentación técnica
y exigencias estratégicas del documento anterior.
Se eliminan del nuevo documento las referencias a aquellos
principios -como el de asociación, apropiación
de la ayuda por parte del receptor, integración
de instrumentos o coherencia de políticas- que
el antiguo documento recogía como parte de las
recomendaciones del CAD. Al contrario, se insiste en
el papel de la ayuda como expresión de los intereses
de la política exterior española y se
hace una formulación notablemente contradictoria
del objetivo de lucha contra la pobreza que la Ley había
definido como propósito básico de la cooperación
(art. 3, LCID).
· En segundo lugar, el Gobierno procedió
a modificar la composición del Consejo de Cooperación,
alterando para ello un Real Decreto que apenas tenía
seis meses de vigencia. El propósito de semejante
reforma era incrementar la cuota correspondiente a los
representantes de la Administración, asegurar
el nombramiento por parte del Secretario de Estado de
los expertos y expertas y reservarse la capacidad de
designar a una parte de la representación de
las ONGD, alterando el principio que hasta entonces
había regido de libre elección de representantes
por parte del propio colectivo. Estos cambios terminaron
por convertir al Consejo de Cooperación en un
órgano puramente designativo, deslegitimando
su función como órgano de participación
tal como lo define la Ley de Cooperación (art.
22, LCID).
· En tercer lugar, el Gobierno procedió
a acometer una reforma de la AECI en el sentido opuesto
al que los actores de la ayuda venían demandando.
En lugar de fortalecer el perfil de la institución
como Agencia de Desarrollo, se ha contribuido a diluir
su especialización, implicándola en tareas
de promoción cultural en ámbitos que poco
tienen que ver con la ayuda al desarrollo; en lugar
de fortalecer la capacidad de diseño de políticas
de la AECI en los ámbitos de la política
de ayuda que se definen como prioritarios, se mantiene
la estructura geográfica de la organización,
sin unidades de apoyo técnico para las prioridades
sectoriales; y en lugar de impulsar la mejora técnica
en los procedimientos de gestión, se amplían
los espacios de discrecionalidad en los procesos de
asignación de recursos.
· En cuarto lugar, a lo largo de estos dos últimos
años, el Gobierno ha frenado tanto el Plan de
Evaluaciones de la ayuda como el proceso de elaboración
de Estrategias Sectoriales y de Estrategias de País
que se había iniciado en el período precedente.
Existe, además, el riesgo de que las Estrategias
Sectoriales, de importancia indudable para la orientación
de la ayuda española, se hagan con la misma falta
de rigor que el Plan Director, no implicando a personal
experto en la elaboración de semejantes documentos.
La baja calidad técnica y la escasa voluntad
estratégica de los Planes Anuales de los años
2000 y 2001, de menor contenido informativo que los
antiguos PACI, confirman el empobrecimiento que en este
ámbito está sufriendo la cooperación
española.
· En quinto lugar, el Gobierno aprobó
unas nuevas bases de cofinanciación de ONGD,
admitiendo fórmulas de mayor compromiso que la
estricta financiación de proyectos singulares,
como las que suponen las Ayudas a Estrategias y Ayudas
a Programas. La existencia de estas modalidades de cofinanciación
contó inicialmente con el apoyo de los actores
de la ayuda. Pero la reglamentación establecida
por el Gobierno fue criticada por las ONGD, tanto en
sus criterios financieros y técnicos como por
la negativa de la Administración a incluir los
criterios de objetividad y transparencia en la adjudicación
de ayudas.
· Por último, los más altos responsables
de la política española de cooperación
mantienen un discurso permanente descalificador de la
AOD como instrumento eficaz de lucha contra la pobreza,
cuestionando el compromiso del 0,7 %, la necesidad de
incremento de las dotaciones presupuestarias de la AOD
y promoviendo su sustitución por la ayuda e inversión
privadas. De hecho, el porcentaje de AOD respecto al
PNB sigue estancado en el 0,22%.
5.-
Como consecuencia del proceso descrito de regresión
del sistema de ayuda, se deterioró de manera
notable el clima de diálogo entre la Administración
y buena parte de los actores de la ayuda. La incapacidad
de percibir la crítica como una contribución
al enriquecimiento de la política de ayuda ha
hecho que la SECIPI prescindiese de la labor dictaminadora
del Consejo de Cooperación. Igual razón
es la que explica la exclusión activa en las
labores de asistencia a la Administración de
cuantos expertos y expertas formulan alguna reserva
acerca de la nueva orientación de la política
de cooperación. Y, lo que es más grave,
existen indicios de que la opinión crítica
de algunas ONGD frente a la política del Gobierno
ha podido influir en el proceso de asignación
de recursos derivados de las nuevas modalidades de cofinanciación.
Todo esta forma de proceder ha alimentado la tensión
y la desconfianza entre los actores de la ayuda, repercutiendo
de forma negativa en la fortaleza del conjunto del sistema.
Noviembre
2001
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