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Lo
importante de estas elecciones presidenciales
palestinas
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Magali
THILL
ACSUR - Las Segovias
Delegación en los Territorios Palestinos Ocupados
e Israel
El pasado 9 de enero 2005, Mahmoud Abbas fue democráticamente
elegido como nuevo presidente de la Autoridad Nacional
Palestina. Con una mayoría del 71% de los votos,
les ganó airadamente el pulso a los demás
candidatos, incluso al activista Mustafa Barghouti
(19% de los votos), conocido por su labor en el sector
de las ONG y por su defensa de los derechos humanos.
Sesenta días después del entierro del
emblemático Yasser Arafat, las ciudades palestinas
y los edificios a medio reconstruir de la ya famosa
Muqata volvieron a llenarse de cámaras. Las
imágenes de un pueblo que no había vuelto
a las urnas para votar a su presidente desde el año
1996 dieron la vuelta al mundo.
Pero
lo más importante no fueron los resultados
de dichas elecciones, que no generaron ninguna sorpresa
después de que el pasado mes de diciembre los
partidos islamistas, el Hamas y la Jihad Islámica,
anunciaran su intención de boicotearlas y de
que el carismático Marwan Barghouti, desde
la cárcel israelí donde está
cumpliendo una sentencia de 5 cadenas perpetuas, retirara
su candidatura, evitando que el partido Fatah se escindiese.
Lo fundamental es que estos resultados son el reflejo
de la voluntad que tienen gran parte de los palestinos
de apoyar la reanudación del diálogo
con el ocupante.
No
obstante, este proceso electoral puso de manifiesto
otras cuestiones. Las autoridades israelíes
incumplieron una vez más con lo acordado. Contraviniendo
lo anunciado, los 190 puestos de control permanentes
repartidos por Cisjordania permanecieron en su sitio
y las tropas de ocupación no se retiraron provisionalmente
del territorio lo que obligó a la Comisión
Electoral Central modificar los procedimientos, avanzada
ya la jornada electoral, y permitir que los palestinos
y palestinas votasen en cualquier centro de voto.
En
Jerusalén, para ejercer su derecho al voto,
el 95 % de los palestinos tuvieron que desplazarse
a las mesas electorales habilitadas en varios distritos
palestinos colindantes, administrativamente excluidas
de los límites municipales de Jerusalén
por las autoridades israelíes y por tanto,
separados del centro de la ciudad mediante el Muro
de cemento de 8 metros de alto que como una serpiente
gigantesca pasea por la geografía palestina,
anexionando territorios, creando enclaves y aislando
a poblaciones enteras .
Así,
para este 95 % del cuerpo electoral palestino, recorrer
los escasos metros que mediaban entre su domicilio
y estos centros electorales se convirtieron en un
ejercicio de alto riesgo. Intentar atravesar los pasos
del Muro, vigilados por el Ejército israelí,
no es tarea fácil: a alguien se le puede antojar
negarles la salida, o lo que sería mucho peor,
cerrarles la entrada en su camino de regreso a casa;
se les puede requisar su tarjeta de residencia, o
simplemente registrar su identidad. En un estado militar,
donde diariamente salen nuevos casos de expulsiones,
desahucios, destrucciones de viviendas, encarcelamientos
administrativos, asesinatos selectivos, humillaciones
y persecuciones diversas, la intimidación es
un arma muy fácil de manejar. Indudablemente,
al final, los factores disuasorios fueron más
determinantes que los esfuerzos realizados por la
Comisión Electoral Central palestina por dar
a estos ciudadanos la posibilidad de votar en centros
alternativos. El resultado, entonces, fue una bajísimas
participación en Jerusalén.
Pero
hubo un 5 % de los electores palestinos de Jerusalén
(alrededor de 6.000 personas) que fue autorizado a
echar su papeleta en algunas de las cinco oficinas
de correos israelíes preparadas para ello.
El voto por correo, bajo la mirada de los empleados
y cámaras de vigilancia israelíes, les
recordó una vez más que a los ojos de
Israel, los palestinos y palestinas con identidad
nacional palestina, son extranjeros en Jerusalén.
¿También por ser "extranjeros",
las autoridades israelíes prohibieron a los
candidatos hacer campaña en la ciudad (arrestando
en dos ocasiones a Mustafa Barghouti)?
Para
persuadirles de que son "extranjeros" en
su ciudad, las autoridades israelíes prohibieron,
y van a prohibir de ahora en adelante, a los palestinos
con tarjeta de residencia de Jerusalén acceder
a Cisjordania. Esto constituye su desarraigo de la
vida económica, política y sociocultural
y significa la separación de facto de sus familiares,
confinados en la gran prisión Cisjordana. Una
cárcel sembrada de puestos de control militar,
bloques de cemento, rocas o trincheras establecidos
por el ejército israelí dentro de los
Territorios Ocupados, asentamientos de colonos israelíes,
autopistas de uso exclusivo etc. De hecho, en la actualidad,
la Oficina de coordinación de la Ayuda Humanitaria
de Naciones Unidas identifica más de 700 puestos
de control y obstáculos físicos que
imposibilitan los desplazamientos internos de los
Palestinos en esta zona.
La
comunidad internacional deseaba ver a Abbu Mazzen
salir victorioso de estos comicios. Ahora, los 200.000
palestinos de Jerusalén, el millón de
palestinos de Gaza cercados por una valla electrificada,
los 8.000 palestinos detenidos en cárceles
israelíes, las familias de las 3.300 víctimas
de las operaciones militares israelíes en territorios
ocupados, las personas que vivían en las 12.000
viviendas demolidas por los bulldozers Caterpillar
del Ejército israelí desde septiembre
del año 2000, los 3,2 millones de refugiados
y el millón de palestinos en el exilio que
no pudieron votar en estas elecciones se preguntan
si los gobiernos occidentales seguirán apoyando
a su favorito si, una vez sentado en la mesa, éste
se niega a aceptar lo inaceptable: un Estado palestino
sobre la Franja de Gaza y el 53 % de Cisjordania,
un Estado, en definitiva, sin contigüidad territorial,
compuesto de fragmentos rodeados por muros y conectados
entre sí mediante carreteras y túneles
construidos para los palestinos con fondos estadounidenses,
y quizás europeos, pero controlados por el
Ejército israelí.
Se
preguntan, también, qué va a ocurrir
con el plan de construcción de zonas industriales
israelíes en las áreas anexionadas por
el Muro, áreas que, sobre el papel, garantizarán
la sostenibilidad económica del plan de Ariel
Sharon: establecer un sistema de apartheid en Oriente
Próximo, limpiando la zona de árabes,
que se sumarán a los más de 4 millones
palestino que ya viven en la Diáspora.
¿Esta
parte del plan recogerá la aprobación
explícita de la comunidad internacional? ¿Los
ministros de exteriores verán en esta iniciativa
una alternativa aceptable a la ayuda humanitaria que
desembolsan para los palestinos? ¿El Fondo
Monetario Internacional alabará al Gobierno
israelí por haber enderezado su situación
económica y contribuido a crear puestos de
trabajo en el nuevo Estado palestino? O al contrario,
¿ayudarán al nuevo líder palestino
a afirmar la confianza vacilante que los votantes
palestinos y palestinas depositaron en él?