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madrid 2001

    
12 de Febrero


NO A LA GUERRA

 
El humanitarismo y la guerra: un viejo debate apenas resuelto

Escribo estas líneas cuando parece que la guerra en Irak es algo inevitable y que, pese a la falta de pruebas concluyentes sobre armas de destrucción masiva en aquel país, la decisión está tomada. En momentos como este, surgen de nuevo en las organizaciones humanitarias los debates sobre cuál debiera ser la posición coherente en una situación que va a tener, sin duda, un coste humano altísimo. Todas las organizaciones humanitarias, tanto no gubernamentales como multilaterales y las propias Naciones Unidas, llevan meses preparando planes de contingencia y valorando las posibles consecuencias del conflicto sobre las poblaciones, el flujo de refugiados, los problemas de salud, alimentación, alojamiento, etc. Todo eso está muy bien y es muy necesario. Pero ¿es esto todo lo que se puede y se debe hacer? ¿es suficiente preparar planes de contingencia dando por hecho que el conflicto es inevitable y que nada más se puede hacer? ¿es esta una posición moralmente aceptable?.

La acción humanitaria moderna, si moderno puede llamarse a algo que data de mediados del siglo XIX, tiene su origen precisamente en la convicción de que incluso las guerras tienen que tener límites y que unas ciertas consideraciones de “humanidad” deben presidir el trato hacia los no combatientes. Desde que Henri Dunant, impresionado por su visión de la batalla de Solferino, propusiera la creación de un organismo humanitario- lo que luego sería el Comité Internacional de la Cruz Roja- y de instrumentos de derecho- lo que luego sería el Derecho Internacional Humanitario- el debate sobre si este deseo de “humanizar la guerra” es posible, es conveniente, o es utópico ha continuado y está lejos de resolverse. La concesión del primer Premio Nobel de la Paz en 1901 a Henri Dunant y al pacifista francés Frederic Passy, defensor de la abolición de las guerras y contrario al planteamiento de Dunant, es buena muestra de ese debate.

El humanitarismo clásico no niega la guerra pero tampoco, como a veces se dice interesada o malévolamente, la defiende. El humanitarismo clásico reconoce que no ha habido día en la historia de la humanidad en que no haya habido algún conflicto, y partiendo de un cierto pesimismo sobre el ser humano, plantea muy pragmáticamente el objetivo de prevenir y aliviar el sufrimiento humano creado por las guerras sobre aquellos que no forman parte de las hostilidades: heridos, prisioneros y población civil. Pero lo que a veces se olvida es que junto a la dimensión asistencial, de proveer ayuda, de suministrar socorros, el humanitarismo, desde su origen, se basa en el derecho y en la defensa del Derecho Internacional Humanitario (DIH) como instrumento que debiera garantizar una cierta protección para aquellos colectivos que no intervienen activamente en los combates. Además, en la historia reciente de la comunidad internacional, otros instrumentos de derecho como la Declaración Universal de Derechos Humanos o la Convención sobre los refugiados se han sumado a este enfoque de protección de ciertos derechos y de ciertas categorías de posibles víctimas. Por tanto, la acción humanitaria hoy se justifica y se legitima en la existencia de estos instrumentos de derecho que constituyen el marco en el que se desenvuelve. Todos estos instrumentos y sobre todo el DIH enfatizan la idea de protección, del libre acceso a las víctimas y de la imparcialidad en el trato como valor fundamental de la acción, al tiempo que imponen una serie de restricciones sobre los medios y los métodos de guerra y sobre el desarrollo de las operaciones militares.

Sin embargo, el que el humanitarismo no entre en el debate sobre la licitud de la guerra no quiere decir que la justifique y mucho menos que la legitime. Tampoco quiere decir que las organizaciones humanitarias o los trabajadores humanitarios sean ajenos o vivan de espaldas a los factores causante de las guerras y solo se preocupen de sus consecuencias. No. Ese “minimalismo humanitario” resulta difícilmente defendible hoy. Las organizaciones humanitarias, como defensoras del DIH y de una visión del ser humanos basada en el derecho, debieran estar también atentas al respeto de otros instrumentos de derecho como la Carta de las Naciones Unidas y las consideraciones que ésta establece sobre la licitud del uso de la fuerza en los capítulos VI y VII de la misma. A mediados del siglo XIX no existía una comunidad internacional organizada, ni organismos multilaterales que representaran al conjunto de Estados, ni instrumentos de derecho que regularan las relaciones entre ellos y que establecieran derechos para los seres humanos. Hoy, eso, aunque debilitado, existe y forma parte del acerbo y de los logros de nuestra reciente historia. Tal vez en época de Dunant y Passy fuera difícil ser humanitario y pacifista a la vez. Hoy, creemos que es posible pues en ambos casos supone defender el derecho y la legalidad internacionales y el marco institucional que con muchos esfuerzos hemos conseguido.

La experiencia de las recientes guerras en Kosovo y Afganistán donde los contendientes manipularon la ayuda humanitaria y la presentaron como una “cosa más” gestionada por ellos dentro de la estrategia militar, incluso funcional con ella, debería llevar a reflexión a las organizaciones humanitarias. La tristemente famosa frase de Toni Blair de que “ la guerra tiene tres escenarios el diplomático, el militar y el humanitario” y el intento de apropiación del discurso humanitario por parte de los Estados y sus ejércitos como modo de justificarse y lavar la cara frente a las opiniones públicas, junto con el cada vez más frecuente intento de instrumentalización de las organizaciones humanitarias por parte de los Estados, debiera hacernos reflexionar. El que se de por hecho que las organizaciones humanitarias comenzarán a asistir a las víctimas cuando lo decidan los mandos militares y que nada más pueden o deben hacer, es una muestra más de cómo se ha banalizado y manipulado el discurso humanitario hasta dejarlo en mero asistencialismo al servicio de los intereses de los Estados poderosos. Si además, esto coincide con el incumplimiento flagrante del Derecho Humanitario que, no lo olvidemos, esta firmado y ratificado por los Estados y que es la piedra angular de la acción humanitaria en los conflictos, podremos concluir que estamos viviendo un retroceso que nos lleva a los tiempos imperiales anteriores a Dunant.

El mundo ha cambiado mucho desde que Dunant tuviera el “sueño” de introducir elementos de humanidad en las guerras. Los conflictos, sus características, sus actores, su impacto sobre la población civil, han cambiado y los retos a los que la acción humanitaria se enfrenta, también. Por ello, las organizaciones humanitarias no debieran contentarse con preparar planes para cuando suceda la guerra, escudándose en su mandato humanitario asistencial sino, junto a eso, ser más activas en su tarea de protección y de prevención del sufrimiento humano, trabajando para que la guerra no se produzca. No solo aliviar, sino prevenir el sufrimiento forman parte del mandato humanitario y ¿qué mejor prevención que trabajar por evitar la guerra?. Y ello no supone de ningún modo politizar la acción humanitaria. Al contrario, supone impedir que otros la politicen en su beneficio y garantizar con ello la independencia y la imparcialidad como principios básicos de la acción. Valores y principios sin los cuales la ayuda pierde su carácter humanitario para convertirse en una mera ayuda … a los amigos o a quienes permitan los Estados. ¿Es eso lo que queremos?.


Francisco Rey
Instituto de Estudios de Conflictos y Acción Humanitaria
Técnico de Cruz Roja Española

 

 

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