El
humanitarismo y la guerra: un viejo debate apenas
resuelto
Escribo
estas líneas cuando parece que la guerra en
Irak es algo inevitable y que, pese a la falta de
pruebas concluyentes sobre armas de destrucción
masiva en aquel país, la decisión está
tomada. En momentos como este, surgen de nuevo en
las organizaciones humanitarias los debates sobre
cuál debiera ser la posición coherente
en una situación que va a tener, sin duda,
un coste humano altísimo. Todas las organizaciones
humanitarias, tanto no gubernamentales como multilaterales
y las propias Naciones Unidas, llevan meses preparando
planes de contingencia y valorando las posibles consecuencias
del conflicto sobre las poblaciones, el flujo de refugiados,
los problemas de salud, alimentación, alojamiento,
etc. Todo eso está muy bien y es muy necesario.
Pero ¿es esto todo lo que se puede y se debe
hacer? ¿es suficiente preparar planes de contingencia
dando por hecho que el conflicto es inevitable y que
nada más se puede hacer? ¿es esta una
posición moralmente aceptable?.
La
acción humanitaria moderna, si moderno puede
llamarse a algo que data de mediados del siglo XIX,
tiene su origen precisamente en la convicción
de que incluso las guerras tienen que tener límites
y que unas ciertas consideraciones de humanidad
deben presidir el trato hacia los no combatientes.
Desde que Henri Dunant, impresionado por su visión
de la batalla de Solferino, propusiera la creación
de un organismo humanitario- lo que luego sería
el Comité Internacional de la Cruz Roja- y
de instrumentos de derecho- lo que luego sería
el Derecho Internacional Humanitario- el debate sobre
si este deseo de humanizar la guerra es
posible, es conveniente, o es utópico ha continuado
y está lejos de resolverse. La concesión
del primer Premio Nobel de la Paz en 1901 a Henri
Dunant y al pacifista francés Frederic Passy,
defensor de la abolición de las guerras y contrario
al planteamiento de Dunant, es buena muestra de ese
debate.
El
humanitarismo clásico no niega la guerra pero
tampoco, como a veces se dice interesada o malévolamente,
la defiende. El humanitarismo clásico reconoce
que no ha habido día en la historia de la humanidad
en que no haya habido algún conflicto, y partiendo
de un cierto pesimismo sobre el ser humano, plantea
muy pragmáticamente el objetivo de prevenir
y aliviar el sufrimiento humano creado por las guerras
sobre aquellos que no forman parte de las hostilidades:
heridos, prisioneros y población civil. Pero
lo que a veces se olvida es que junto a la dimensión
asistencial, de proveer ayuda, de suministrar socorros,
el humanitarismo, desde su origen, se basa en el derecho
y en la defensa del Derecho Internacional Humanitario
(DIH) como instrumento que debiera garantizar una
cierta protección para aquellos colectivos
que no intervienen activamente en los combates. Además,
en la historia reciente de la comunidad internacional,
otros instrumentos de derecho como la Declaración
Universal de Derechos Humanos o la Convención
sobre los refugiados se han sumado a este enfoque
de protección de ciertos derechos y de ciertas
categorías de posibles víctimas. Por
tanto, la acción humanitaria hoy se justifica
y se legitima en la existencia de estos instrumentos
de derecho que constituyen el marco en el que se desenvuelve.
Todos estos instrumentos y sobre todo el DIH enfatizan
la idea de protección, del libre acceso a las
víctimas y de la imparcialidad en el trato
como valor fundamental de la acción, al tiempo
que imponen una serie de restricciones sobre los medios
y los métodos de guerra y sobre el desarrollo
de las operaciones militares.
Sin
embargo, el que el humanitarismo no entre en el debate
sobre la licitud de la guerra no quiere decir que
la justifique y mucho menos que la legitime. Tampoco
quiere decir que las organizaciones humanitarias o
los trabajadores humanitarios sean ajenos o vivan
de espaldas a los factores causante de las guerras
y solo se preocupen de sus consecuencias. No. Ese
minimalismo humanitario resulta difícilmente
defendible hoy. Las organizaciones humanitarias, como
defensoras del DIH y de una visión del ser
humanos basada en el derecho, debieran estar también
atentas al respeto de otros instrumentos de derecho
como la Carta de las Naciones Unidas y las consideraciones
que ésta establece sobre la licitud del uso
de la fuerza en los capítulos VI y VII de la
misma. A mediados del siglo XIX no existía
una comunidad internacional organizada, ni organismos
multilaterales que representaran al conjunto de Estados,
ni instrumentos de derecho que regularan las relaciones
entre ellos y que establecieran derechos para los
seres humanos. Hoy, eso, aunque debilitado, existe
y forma parte del acerbo y de los logros de nuestra
reciente historia. Tal vez en época de Dunant
y Passy fuera difícil ser humanitario y pacifista
a la vez. Hoy, creemos que es posible pues en ambos
casos supone defender el derecho y la legalidad internacionales
y el marco institucional que con muchos esfuerzos
hemos conseguido.
La
experiencia de las recientes guerras en Kosovo y Afganistán
donde los contendientes manipularon la ayuda humanitaria
y la presentaron como una cosa más
gestionada por ellos dentro de la estrategia militar,
incluso funcional con ella, debería llevar
a reflexión a las organizaciones humanitarias.
La tristemente famosa frase de Toni Blair de que
la guerra tiene tres escenarios el diplomático,
el militar y el humanitario y el intento de
apropiación del discurso humanitario por parte
de los Estados y sus ejércitos como modo de
justificarse y lavar la cara frente a las opiniones
públicas, junto con el cada vez más
frecuente intento de instrumentalización de
las organizaciones humanitarias por parte de los Estados,
debiera hacernos reflexionar. El que se de por hecho
que las organizaciones humanitarias comenzarán
a asistir a las víctimas cuando lo decidan
los mandos militares y que nada más pueden
o deben hacer, es una muestra más de cómo
se ha banalizado y manipulado el discurso humanitario
hasta dejarlo en mero asistencialismo al servicio
de los intereses de los Estados poderosos. Si además,
esto coincide con el incumplimiento flagrante del
Derecho Humanitario que, no lo olvidemos, esta firmado
y ratificado por los Estados y que es la piedra angular
de la acción humanitaria en los conflictos,
podremos concluir que estamos viviendo un retroceso
que nos lleva a los tiempos imperiales anteriores
a Dunant.
El
mundo ha cambiado mucho desde que Dunant tuviera el
sueño de introducir elementos de
humanidad en las guerras. Los conflictos, sus características,
sus actores, su impacto sobre la población
civil, han cambiado y los retos a los que la acción
humanitaria se enfrenta, también. Por ello,
las organizaciones humanitarias no debieran contentarse
con preparar planes para cuando suceda la guerra,
escudándose en su mandato humanitario asistencial
sino, junto a eso, ser más activas en su tarea
de protección y de prevención del sufrimiento
humano, trabajando para que la guerra no se produzca.
No solo aliviar, sino prevenir el sufrimiento forman
parte del mandato humanitario y ¿qué
mejor prevención que trabajar por evitar la
guerra?. Y ello no supone de ningún modo politizar
la acción humanitaria. Al contrario, supone
impedir que otros la politicen en su beneficio y garantizar
con ello la independencia y la imparcialidad como
principios básicos de la acción. Valores
y principios sin los cuales la ayuda pierde su carácter
humanitario para convertirse en una mera ayuda
a los amigos o a quienes permitan los Estados. ¿Es
eso lo que queremos?.
Francisco Rey
Instituto de Estudios de Conflictos y Acción
Humanitaria
Técnico de Cruz Roja Española
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